La mejor demostración de que existe algo denominado 'miopía
cronológica' es el simple hecho de que ningún sabio, filósofo o científico de
esta o aquella disciplina ha sabido describir plausiblemente lo que es el
tiempo en sí mismo. Bien, a juzgar por el título, este trabajo va
a versar principalmente sobre el sentido de la vista, el más importante para el
ser humano porque es el que se halla más íntimamente ligado a la mente, el
intelecto. Pero vayamos por partes. Uno de los ejemplos más sencillos e
ilustrativos de lo que significa la relatividad
einsteiniana lo encontré en un libro divulgativo de quiosco: Ha
anochecido. Te dispones a cruzar una calle. No hay vehículos a la vista.
De pronto aparece un automóvil girando velozmente en la esquina más próxima. Y
tan simple como que si las luces que emite no viajaran a tu ojo a la
extraordinaria velocidad que lo hacen, advirtiéndote del peligro, el coche se
te echaría encima. ¡Imagínense que la luz del coche llegase al ojo al mismo
tiempo o incluso después que el coche mismo!
Así, la velocidad de la luz, el órgano de la visión (al igual que la mismísima gravedad) sirven a destajo para poner las cosas, la lógica o coherencia de las cosas y del mundo en su sitio, a fin de que uno sepa siempre a qué atenerse con la realidad, con sus prisas, peligros y bellezas, y aun distancias siderales. Es tan importante una visión sana y ajustada (al objeto). Hay tantas expresiones cotidianas relacionadas con ella. Decimos que este “no ve más allá de sus narices”, tiene “estrechez de miras”, que el otro es “corto de vista”, o tiene una “mirada obtusa”, o tan “altas miras” o una “mirada tan profunda” que va por la calle en serio peligro, como esos incautos que cruzan hipnotizados por sus móviles. Otra cosa es “hacer la vista gorda” o “correr un tupido velo” o “mirar para otro lado”, dichos que se aplican más bien al fenómeno que se conoce en psicología como “cierre cognitivo”. Todo lo que nos compete a fondo, y no solo en cuestiones de tráfico, parece basado en “luz” y en “mirada”, ambos términos usados a menudo como símiles de razón, inteligencia, lucidez.
Premisas.– Como meros entes biológicos que somos, vivimos inmersos, embebidos, disueltos en un globo psicotrópico de naturaleza endocrina. En la vida apenas se conoce paz si no se alcanza recompensa inmediata al enervante prurito, la ciega tendenciosidad incesante que generan e impulsan a aquella. Desde un punto de vista que algunos calificarán de cínico, todo parece reducirse a un colocón sin fin, nada racionalmente teleológico: la existencia se sostiene sobre una única finalidad, un objetivo claro que, aunque “ciego”, y ya lo constató Schopenhauer, siempre es el mismo (como si al final no fuera tan ciego). Ya lo hizo notar en su día Samuel Beckett: «Todos nacemos locos, y algunos continúan así siempre». Bien. Puede que estemos locos, pero no que seamos tontos: como si la luz viajase mucho más despacio de lo que lo hace, siempre andamos temiendo que no haya escapatoria de ese automóvil, y así tenemos tiempo de ponernos a salvo. Mas no por ello dejamos de ser mero instrumento de nuestro sustrato biológico más primitivo, de lo que Richard Dawkins llamaría el imperio de los genes (tan egoístas ellos) y de la evolución natural. Y de este modo tanto nuestra razón, resultado sorpresivo de dicha evolución, como nuestra razón de ser obedecen primordialmente a un mecanismo hormonal en último término de naturaleza bioeléctrica, que es el tipo de energía que impulsa y conecta primero las neuronas y subsidiariamente las glándulas y músculos de nuestro organismo. ¿Será esto cierto, tan primaria y mezquina es nuestra naturaleza básica, tanto reduccionismo, tan cínico y escalofriante materialismo? ¿Descansa ahí de verdad nuestra esencia última? Bueno, lo que está muy claro, más que claro, es que cuando se registra el menor cortocircuito en el sistema más básico, el aludido, todo en el ser humano y en toda especie superior (e inferior por encima de las amebas) se viene abajo. Cuando da en fallar ese impulso bioquímico vivificante, sobrevienen de lo más hondo la frustración, el desconsuelo, la peor de las tristezas. Y cuidado: en este punto la supervivencia empieza a ponerse en entredicho. Los mayores males provienen de la insatisfacción de las necesidades básicas: si no comes lo suficiente, si no te hidratas, si no duermes, si no fornicas... La naturaleza castiga cruelmente las disfunciones en el circuito de recompensa del cerebro, sean estas voluntarias o no. Está archidemostrado que hasta la depresión nerviosa no consiste más que en una especie de resaca hormonal, resultado de la caída de tensión electroquímica en el cerebro debido a la deficiencia de endorfinas: dopamina y serotonina.
El caso es que, de un modo u otro, meros humanos, humildemente cómodos y arropados en esa innata elementariedad vital, en esa demarcación libre de espinosas complicaciones irresolubles, encantados en ese no ver más allá, pues sería absurdo rebelarse, todo propósito ya se halla más o menos biológicamente prefijado. A tal fin la Naturaleza nos ha provisto gratis de herramientas psíquicas como el ya aludido resorte inconsciente denominado cierre cognitivo, que nos descarga patriarcalmente de toda excesiva, espinosa responsabilidad púdica, moral, intelectiva (“disonancia cognitiva”, dicen los psicólogos), por el procedimiento de arrojar sombras más o menos cerradas sobre aspectos más o menos concretos, indeseables de la realidad. ¿Qué contenidos de conciencia aparta de nuestra mente dicho “cierre”, pues? Del sufrimiento humano que nos rodea, por ejemplo, no sabemos o queremos, o es razonable saber nada más allá de lo imprescindible, como si de este modo se satisficiera selectivamente la necesaria cuota humanitaria de empatía que nos hace sentir, eso, humanos. He aquí una primera forma de miopía muy saludable. El cierre nos deja ver, calibrar o suponer o recordar nada más que lo necesario, puesto que ver más o con más detalle o amplitud incurriría en lo morboso, incluso directamente en el más obtuso masoquismo. Así, de las atrocidades de la guerra en Siria o del incontrovertible (e irreversible) cambio climático no sabemos o prevemos o queremos recordar más que lo estrictamente necesario, en aras de nuestra salud psíquica. Ni la luz de la conciencia ni la de la memoria deben estorbar a lo que somos ahora mismo más que relativamente, a fin de que nunca lleguen a atropellarnos, como aquellos malignos automóviles relativistas que decíamos al principio. Sobre el cierre cognitivo añadiremos unas notas al final.
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Charles Darwin |
Enunciado.– En filosofía, incluso en ciencia, al abordar todo tipo de estudio, razonamiento o investigación, una premisa: la objetividad total es imposible. La ciencia y el pensamiento, si logran explicar los fenómenos es aleatoria y sistemáticamente, por azar, tozudez, tradición, lo que en ciencias experimentales se entiende por ensayo y error. Toda deducción válida (entre comillas) proviene de esa incierta fuente. La miopía cronológica: no se puede entender el mundo si no se entiende el tiempo, y el tiempo no es más que una realidad psicológica adaptativa: el orden de los conceptos (en referencia a Jacques Maritain) proviene especularmente del orden aparente de los fenómenos. Por no hablar de la experiencia e intereses personales deformando y contaminando de subjetividad las tesis propias, y por supuesto también las ajenas. La principal característica del cerebro es su ductilidad, su continuo trabajo de recreación: basándose en la memoria, sin embargo, el conocimiento que de él emana, así como la aplicación de este, son por motivos obvios, sincrónicos (actuales) y solo aparentemente diacrónicos (es decir, contemplados a lo largo de su evolución; la diacronía extrema se reviste de eternidad, un conocimiento que los deístas atribuyen únicamente a Dios). Sincronía y diacronía se usan en referencia al célebre pionero del estructuralismo lingüístico, Ferdinand De Saussure.
El sociólogo Norbert Elias aporta un sesgo original a su estudio del propio tiempo (Sobre el tiempo, F.C.E., 1989). El discurrir del mismo no se entiende sino, apuntábamos, como símbolo relacional. Afirma Elias: «Es posible decir con absoluta claridad que hay un desarrollo de una forma discontinua de determinar el tiempo a otra continua, por así decirlo, en torno al reloj». De existir el tiempo, sería todo el tiempo a la vez, como quería Einstein, y aparentemente sin un principio ni un final (claro: este aún no ha llegado) definidos. Pero si ampliamos nuestro punto de vista, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que toda concepción metafísica reviste, según Elias, un carácter simbólico, colectivo, histórico. No se puede ni se debe estudiar ni extraer conclusión alguna con visos de objetividad fuera de dicho contexto; en eso justamente consiste la cortedad de vista que aqueja al miope cronológico. La evolución del universo y de la vida, quizá hasta el propio origen de ambos, la huida de las configuraciones aparentes, serían únicamente accesibles una vez superado ese defecto óptico, a través de una lente más que abierta, insistimos: cuadridimensional. Algo así como saltar del cine en 3D al cine en 4D, es decir, a entrar en la propia película. De tal modo que, situados en ese plano apenas imaginable –pero, según impone la ciencia más avanzada, el más real de todos–, sería muy sencillo plantear y contestar, v. gr., a angustiosas incógnitas como la de dónde-cuándo están ahora los dinosaurios o los faraones (que existieron o existirían o existen en algún lugar o..., pero no se ven), y la de cómo es que a todas luces seguimos empantanados en plena Edad Media, cuando a la vuelta del siglo XX, diantre, creíamos por fin haber alcanzado el futuro.
–La paradoja de Fermi. Las probabilidades de que existan extraterrestres en otros confines del universo son infinitas, sin embargo, maldición, no hay constancia alguna de los mismos. La explicación más plausible: dadas las también infinitas dimensiones temporales y espaciales del universo, no es difícil que no hayamos establecido contacto: estamos demasiado lejos en el espacio y el tiempo para algo más que sospechar nuestra respectiva existencia. «Las enormes magnitudes temporales explican en parte lo que los autores del estudio llaman invisibilidad del problema», apunté una vez de no sé dónde.
–José Saramago, más allá de su clarividente Ensayo sobre la lucidez política, hilvana una catastrófica alegoría del cierre cognitivo universal en su Ensayo sobre la ceguera, cuyo mensaje de fondo hace referencia a «la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron». Esta obra, al igual que el paranoico "Informe sobre ciegos" de Ernesto Sábato, sugiere una secuela posmoderna de "El país de los ciegos" de H. G. Wells.
–Más sobre entes y verdades eternos: nuestras lentes temporales nos tienen absurda, preconscientemente convencidos de que el planeta que nos acoge ha sido, es y será, sin lugar a dudas, eterno. Y eso de ningún modo. El acúmulo de factores catastróficos (el advenimiento de asteroides desorientados, explosión de rayos gamma o X en el sol, fenómenos vulcanológicos masivos, cambio climático, guerras nucleares, etc., etc.) no hará más que multiplicarse con el inexorable paso del tiempo. Aún más: existe una fecha cosmológica de caducidad del planeta calculada con abrumadora exactitud: 4.000 millones de años a partir de la hora presente. Y si bien se piensa nuestra autoconciencia vital se muestra también benévolamente bastante equívoca en este sentido. Cuanto más ajado, decrépito y achacoso es el anciano, más, en efecto, se siente (o al menos interactúa, gesticula de cara al exterior y seguro que para sí mismo) como si fuese inmortal.
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Carlo Rovelli |
–Por último, sobre el famoso desenfoque, el físico Carlo Rovelli (a quien tuve el honor de incorporar a la Wikipedia en su día y con quien intercambié varios sustanciosos correos), experto de reconocido prestigio en gravedad cuántica, en su libro El orden del tiempo (Anagrama, 2018), no encuentra otro error que el mentado en el estudio de la Naturaleza, lo que no deja de arrojar una luz, digamos, paradójica sobre todo lo que acabamos de exponer. He aquí algunas citas de dicha obra:
© José Luis Fernández Arellano, 27 oct. 2019